Cuento Original

Confesándoselo a Mariana

Aunque sus ojos estaban fijos en el espejo su mente estaba en otro lado y la cuchilla de afeitar mordió su cuello. La gota de sangre se deslizó, casi como una lágrima, hacia su pecho desnudo y lampiño. Menos de un minuto después se volvió a cortar, mientras recordaba las piernas de Sofía saliendo tentadoras de la diminuta minifalda. Después de enjuagarse se puso dos pedazos de papel higiénico en donde la cuchilla había dejado su marca. No podía poner papelitos en la culpa que sentía.

Se enjabonó a conciencia, mientras recordaba los senos chiquitos, surcados por venas azules de su compañera de trabajo. El sabor frutal de sus pezones. El gusto ligeramente ácido de su entrepierna. Se restregó los pelos púbicos con violencia premeditada. Se había lavado anoche, antes de llegar, pero igual los sentía impregnados del olor de Sofía.

Se vistió rápidamente, poniéndose una corbata que no le combinaba y salió al comedor. Mariana le tenía listo un pocillo de chocolate y un huevo frito. La besó sin mirarla a los ojos y comenzó a comer. Pensó que si lograba pasar el desayuno sin hablar de la noche anterior, podría acallar la culpa el resto del día y poco a poco olvidar lo sucedido.

“¿Cómo les fue anoche?” Quiso contestar con un monosílabo, pero se le quebró la voz y comenzó a llorar. Mariana le alcanzó una servilleta, sorprendida.

“¿Fue con Sofía, cierto?” Él apenas asintió mientras soltaba un sollozo. Se iba a acabar la mejor relación que había tenido. 

“Debía llevar una de esas minifalditas que le resaltan las piernas...” Afirmó calmadamente. Él trató de calmarse, de respirar para poder explicarse. Quería arrodillarse y besarle los pies para pedirle perdón. Ella siguió hablando “No puedo culparte, Sofía tiene muy bonitas piernas. Además, te ha tenido ganas desde hace mucho.” Él la miró estupefacto. “Deberías invitarla esta noche, podríamos hacer un trío y pasarla rico.”

No podía creerlo. Cerró tras de sí la puerta del apartamento. Creía conocer a Mariana y lo sorprendía de esa forma. Una lesbiana... su novia era una maldita lesbiana. Tomó la llave en su mano, entró de nuevo y la mandó al infierno. Esta vez, cerró de un portazo.

Luis Gabriel Cardozo.