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ESCRITOS / CRÍTICAS
Hecha de contrastes y rupturas, la posible e imaginada linealidad de “Bis” estalla antes de los títulos, en ese momento exacto en el que se asiste, como si se tratara de una proyección dentro de otra, a los fragmentos de rostros, bocas, líneas de diálogo y situaciones, que se desperdigan como esquirlas de lo que quedó del mundo. El intento de reconstrucción –si ello resultara posible- resalta los huecos narrativos que abren perspectivas, filtrando de manera deliberada las posibilidades de intervención que se le brindan al espectador. El recorte es, entonces, interesante y ambicioso: al renegar de la necesidad perentoria de un prólogo, de las explicaciones posibles y hasta de un cierre de historia –aquí queda expuesta la falsedad de todo final de ficción como tal-, asume que lo que persiste es la continuidad y no la resolución.
Entre los sentidos posibles que se abren, el más inquietante se me hace el de la posibilidad que toda la situación se derive de la imaginación de los personajes. No porque se trate de evadir la literalidad, sino por el manifiesto contraste de universos antagónicos. La pulcritud aséptica del living, espacio de pertenencia de lo real, dominado por los tres cuadros que exhiben variantes de La ültima cena, se enfrenta a los otros lugares: la cocina como manifiesto del dolor y el hastío de Isa y el pasillo del edificio que juega a la demarcación del territorio de Bernardo, son espacios que reniegan del orden y se muestran visualmente ásperos. Son espacios de los estallidos personales, pero, por sobre todo, conjeturo, puertas que abren a otros niveles: allí Isa se representa el engaño y su forma, visualizado con los tintes prostibularios del Infierno; allí se representa en Bernardo bajo la forma de flashes virulentos, la posibilidad sugerida de la conformación de un trío, los detalles intolerables que lo llevan al escarnio, y donde el color rojo es, otra vez, demarcatorio.
Es en esos lugares y en el jugueteo de la reversión del lugar de víctima y victimario donde “Bis” demuestra la posible complejidad a la que una película puede asomarse en tan solo cuatro minutos.

José Luis Visconti
Escritor
La Plata, Argentina. 2012-10-05

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